Contando en un rincón de la muralla de mi celda, hemos estado aquí casi un mes. Al principio me dejaron tranquila, al parecer el golpe de mi cabeza fue muy duro, pero veía al resto de mis compañeros salir de las celdas temprano, y mucho tiempo despues volvían pálidos, llenos de sangre, con heridas, como si hubieran estado en un campo de batalla.
A la semana descubrí la razón de las condiciones en que volvían. Me sacaron de la celda junto a todos los demás. Nos llevaban por unos pasillos largos, húmedos y oscuros, al tacto de mis pies parecía que fueran piedras, pero no sabría decirlo con seguridad. Al rato de caminar, que parecían horas, mis pies comenzaron a tener heridas, la piel se desprendia de la carne, el suelo que pisábamos había cambiado, ya no era liso, era rugoso y afilado. Desde el comienzo cada paso que daba dolía, y sabía que a mis compañeros les dolía más ya que ellos habían recorrido estos pasillos más veces que yo, pero ninguno se podía detener, éramos tirados por unas cadenas atadas a nuestras muñecas. Al rato comprendí que si uno se caía, ya no solo los pies quedaban en carne viva, sino que todo el cuerpo, porque era arrastrado por todos los que iban caminando. Luego de un rato la !archa era peor: el pasillo se hacía más angosto, obligándonos a caminar de uno en uno. Fue lo mismo que con el suelo, primero piedra liza, luego rugosa y afilada. Por más que intentábamos no ser rozados por las paredes, al final terminó siendo inutil, el lugar se volvió tan angosto que solo podíamos pasar de lado tocando las murallas. Nuestros brazos, piernas, espalda, pecho, abdomen, todo terminó con rasguños difíciles de tolerar. Mis compañeras lloraban, mis compañeros se quejaban. Yo no sabía que hacer, a fin de cuentas el llorar o el quejarme no me iba a sacar de donde estaba, o no iba a desaparecer el dolor y los cortes, así que sólo caminé, deseando que todo terminará pronto.
El final del doloroso pasillo eran nuestras mismas celdas. Nos quitaban las cadenas, dejándonos los brazaletes que no sabía que llevaba hasta el inicio de la marcha, y nos daban agua. Ya que estábamos sedientos la bebíamos, claro, y luego de puro cansancio nos dormíamos. Ilusamente pensábamos que las heridas nos las curarían mientras dormíamos. En ese tiempo éramos muy idiotas.
Así fueron pasando los días, cada mañana nos levantábamos, nos encadenaban, marchábamos hasta quedar sin piel, llegábamos a las jaulas, nos daban agua y dormíamos. Nada cambio, excepto la condición de los otros presos.
A muchos sus heridas comenzaron a infectarse. Ya que todos, o la mayoría, trabajábamos en el área de la salud comenzamos a donar nuestras raciones de agua para limpiar las heridas, y los más osados les pedían a nuestros carceleros que nos dieran antibióticos y material estéril para limpiarlas, que en ese entonces ya eran muy profundas, pero lo único que conseguían era un golpe con una luma o una descarga de corriente que los dejaba fuera de combate por varias horas.
Uno a uno fueron partiendo. La gangrena y la septicemia gobernó en las celdas. Veía a mis compañeras luchar contra la fiebre y luego, en sus ojos, esa tela gris que cubre toda la escalera que anuncia la llegada de la muerte. De más de cien que llegamos, quedamos sólo treinta y siete.
De cierta forma los envidiaba, me quería ir con ellos.
Ya en mi celda sólo quedábamos ocho: Natalie, genetista transferida desde Alemania, estaba haciendo una pasantía; Carolain, enfermera británica que consiguió empleo en un hospital exclusivo de su patria, pero que atienden a todo el mundo por un alto costo; Morgana, pasante de intercambio de Singapur en el área de técnico de enfermería; Natacha, Rusa hija de un prestigioso médico que estaba de vacaciones y utilizó sus influencias para quedarse en la residencia mientras estaba de paso; Dalai, enfermera de origen oriental; Andrea, pasante de medicina; Li, psicologa, prontamente psiquiatra si salimos de aquí; y yo, la menor de todos.
De los varones sobrevivieron el británico Tristan Bons, el yanqui Conlam Marmilets, los mexicanos Ricardo y Manuel Reyes y los franceses Philippe, François, Jean - Paul, Pierre y Beni.
Los restantes nunca hablaban, por mucho que les preguntáramos cosas, así que desconocíamos sus nombres, ocupaciones y la razón de por qué estaban en ese lugar... aunque nosotros tampoco lo sabíamos.
Después de las muertes pasó una semana entera sin que nos hicieran nada. Nos mantuvieron en las celdas, dándonos sólo agua y nada más. Algunos pensaban que era porque esperaban que murieran más; otros en cambio decían que se habían conmovido por la muerte de los demás y estaban esperando a que pagaran un rescate por nosotros. La razón que fuera, no nos molestaron por un tiempo, que para nosotros fue de utilidad.
Comenzamos a aprender el idioma de los demás. Yo aprendí francés, ruso, alemán, reforce mi inglés, intenté aprender el idioma de Li y Dalai pero no fui exitosa en eso, y de paso junto a los primos Reyes les enseñe español, al estilo latinoamericano, con insultos incluidos, con la condición de que ellos nos enseñarán sus insultos también. Mientras estábamos en las "clases lingüísticas", nuestras heridas comenzaron a sanar, al igual que las heridas de "los mudos" (Ricardo apodó a los otros presos que no hablaban). Para nosotros, el sanar era signo de que íbamos a vivir, así que cada día estábamos con más fuerzas y con más ánimo, sólo había una cosa que nos preocupaba, las mujeres no menstruabamos. Los chicos comenzaron a decir que la razón de eso era que estábamos embarazadas, algunas se complicaron con este dato pero no era mi caso, nunca he estado con alguien. Mi respuesta a este suceso es la falta de ingesta de alimentos y la pérdida de peso, a fin de cuentas sólo llegábamos el estómago de agua, lo que mantiene vivo a alguien pero no alimenta.
Ya pasado unos días y nuestros cuerpos recuperados de toda herida, los mudos comenzaron a inquietarse. Miraban con miedo la puerta de entrada constantemente, como si fuera a entrar un demonio por ella. Siempre que nos daban agua ellos se arrinconaban en sus celdas y se quedaban en su lugar hasta que el carcelero se fuera, no como nosotros que nos abalanzabamos a los barrotes para coger los recipientes. Su actitud me inquietaba. Me da a entender que ellos sabían algo que nosotros no, pero aún así no se esforzaron por comunicarnos que era.
Un día desperté con la sensación de que alguien me observaba. Con solo levantar la vista me di cuenta de que era la mayor de las mudas, que me miraba con pena, casi con lástima. Intenté hablar con ella, pero fue en vano, no me entendía o no quería hablar. Justo en ese momento llegó el carcelero con nuestras raciones de agua y dijo algo inentendible, pero ella lo quedo mirando fijamente y con horror, y no fue la única muda que lo miró así. Fue entonces cuando lo comprendí: los mudos eran Fenianos al igual que nuestros carceleros, estábamos en una prisión feniana, y por la cara de nuestros silenciosos compañeros, lo que venía ahora nos iba a hacer desear volver a la marcha en los pasillos como si fuera un deporte olímpico.